Comunicado

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domingo 29 de noviembre de 2009

Capitulo 10

Divagó con sus últimas fuerzas, en círculos...”

Algo cambió desde la última vez que estuve afuera. Ya no había cadáveres en las calles, estaban más bien vacías. Sin rastro de tanta muerte. De pronto era la única persona en la ciudad.

Aún así, caminé hasta donde debía ir. Ahí estaba: una casa tosca y vieja. Toqué la puerta con felicidad. Y nadie abrió. Insistí, e igual.

Tuve que rendirme, y romper las ventanas para entrar. Dentro parecía que los habitantes se habían ido… salieron con prisa, dejaron algunas maletas a medio hacer. Dejaron la comida servida en la mesa. O al menos eso parecía decir los platos llenos de moho. ¿Me había dejado? ¿Se había ido sin avisarme? Trataba de negarlo, pero no podía engañarme.

Entré a su cuarto. Aunque empolvado, estaba tal como lo recordaba. El color melón de las paredes, los adornos navideños nunca guardados, los libros esparcidos por el piso... Algunas de sus ropas aún estaban en los cajones. Mantenían su olor. Abatido, tomé cuantas cosas suyas pude.

Esa fue la caminata más larga y más triste. Me sentía abrumado por la soledad de las calles. No sabía a dónde ir. Sí debía buscar algo en la ciudad, o debía dejarla para volver a internarme en las planicies. Caminé sin rumbo por muchas horas. Terminé en el edificio de donde escapé hace unas semanas. Miré las ventanas del apartamento, ¿Acaso rotas? Daba igual, subiría de todas formas, ese era mi lugar.

No estaba el cuerpo del hombre que me mordió en la entrada, y notaba los pasillos más sucios. Cuando llegué al piso de mi apartamento, vi que la puerta de al lado estaba abierta. Paré inmediatamente. Sacudí la espalda por frio, o por miedo. Me acerqué lentamente y empujé: No había nadie.

Busqué en todas las habitaciones, y nada. ¿Había estado confundiendo la realidad? Entonces salí para entrar en mi departamento. Las manchas estaban ahí esperándome. Pero abrí las cortinas. El desastre no era tan malo con un poco de luz. Dejé las cosas en el sofá, entré al cuarto. Y al abrir las ventanas, noté que estaban rotas. Me detuve un momento a observar, extrañado. Entonces sentí esa presencia. Me llamaba desde la cama. Esta vez vería, para así acabar con el misterio.

De rodillas levanté la sabana. Mi corazón se detuvo, para luego quebrarse. Mis ojos no creían lo que estaban viendo: Ahí estaba… ahí, su cadáver. Lleno de larvas, mortificado. Ahí estaba ella, muerta.

Luego lo recordé todo…

domingo 22 de noviembre de 2009

Capitulo 9

“Luego estuvo caminando. Divagó y divagó por el mausoleo, ya sin saber por qué. Divagó y divagó. Ya no tenía lágrimas...”


Preguntó a todos, pero nadie la había visto. Despedazaba con rabia los cuerpos que no le daban información. Y quedaba exhausto, pero olvidaba pronto que estaba cansado, y violentaba otros más.

Estuvo en ese afán hasta que sin darse cuenta, y por pura suerte, llegó a las afueras del ministerio de salud. Había visto antes el edificio, en la televisión. Su voz interior, casi imperceptible, pero firme le susurraba “Ahí se reúnen los médicos que trabajaban en la vacuna”.

Algunas personas infectadas agonizaban en las instalaciones: Un enorme hospital, convertido en un foco infeccioso.

El estado terminal de sus agresores redujo a nulo el peligro. Pero aún así, Agnac terminó con sus vidas violentamente. Ya no llevaba la cuenta, ahora era indiferente al destino de los demás

La tediosa, y sangrienta tarea de matar a tantas personas se fue para él una manera para escapar de la realidad. Matar a una persona es doloroso, y a uno lo consume el remordimiento, los pensamientos sobre la individualidad de cada ser, perol descubrió que cuando son varias, ya no importan esos detalles… descubrió, que después de todo somos animales, y que incluso los temores más grandes se ablandan, y que los remordimientos se diluyen cómo tinta en el agua… Primero espesos, luego lo contaminan todo, y ya no se puede distinguir entre la tinta y el agua.

Quizás pensó que así devolvería el estado de las cosas a la normalidad, quizás ya empezaba a sentir gusto por la muerte, quizás esa era su única alternativa. Ya las cosas no se prestaban para ser pensadas dos veces. Las decisiones que tomaba las mantenía hasta el final, sin convicción. No lo culpo, había perdido la capacidad de proyectar su existencia, ya no creía en el futuro.

Sus andar lo llevó justo donde quería, no hacía falta buscar está vez: Letras gigantescas decoraban la puerta. ¿Renacía en él la esperanza? Quiso creerlo por unos segundos, pero las cosas nunca son lo que se esperan en la realidad. El entusiasmo le sirvió para llevarse una gran desilusión. Al ver dentro, encontró médicos también infectados, moribundos. Tirados, desmembrados, sangrando. Uno lamia la sangre que brotaba de su pierna… Le pareció muy gracioso.

Manía, enorme goce. Placer descontrolado. Ya se había vuelto totalmente indiferente. Aplastó sus cráneos con su arma, esperando que reventasen. Repitiendo los golpes para salpicarse. Deleitándose con lo sublime que puede resultar la muerte. Consiguiendo éxtasis con los sus gritos, con un corazón cada vez más acelerado, perdiendo el aliento, entregado con pasión. Pero los continuó destrozando mucho más después de muertos hasta quitarle la forma a sus cabezas y dejarlas cómo masas carnosas sobre sus hombros.

Cuando estuvo satisfecho, se sentó a observar lo que había hecho. Después nunca volvió a comer carne humana.

Sin entusiasmó, busco en los gabinetes la vacuna. Cómo temió, las ampollas estaban vacías. La escena era obvia: Los propios médicos se las habían aplicado.

No los culpaba por su ineficacia. ¿Podía siquiera pensar en tal acusación? Más bien lo hacía consigo mismo: De llegar a tiempo con las notas, eventualmente hubiesen podido elaborar una verdadera vacuna.

Vagó por el hospital, viendo su reflejo interrumpido por los restos humanos en el piso. Mientras afuera oscurecía, y la luz se iba poco a poco, dejándolo sumergido en la oscuridad. Sus pisadas resonaban en los estrechos pasillos, amplificándose. Lo iba deprimiendo ver un lugar tan grande, y diseñado para tantas personas tan escaso de actividad. Tropezar con cuerpos en la oscuridad asustaría a cualquiera, y naturalmente lo asustaba. Pero no detuvo su paso a pesar de temerlo a lo que pudiese esperarlo más adelante. Ese edificio era un laberinto, los pasillos subían, y bajaban, daban vueltas, cambiaba de rumbo. Deambulo hasta la madrugada por esos 30 pisos. Hasta que un corredor iluminado lo atrajo.

Los fluorescentes titilaban, en medio de ese silencio era posible escuchar el zumbido de la electricidad. Su cuerpo temblaba, su corazón rogaba por detenerse, había estado en estado de pánico durante horas, y aún así parecía calmado. Y ver una puerta abierta delante de él esperándole le ponía os pelos de punta.

Entró, y lo intrigo lo que vio. Primero inseguro, inspeccionó, luego lo invadió esa sensación de ya haber estado ahí antes. Y esa era la realidad. Trató de negárselo, pero sus recuerdos eran verdaderos. Se mantuvo quieto, iba recordando: Agnac estaba grave, y él buscaba un conejillo de indias. Así que lo transfirieron una noche a su despacho. Hizo toda clase de experimentos con él, y a pesar del dolor nunca se negó. Lo obligaban a comer carne humana, cualquier desecho de alguna operación o trozos de cadáveres. Pero cuando Agnac noto que empeoraba, trató de escapar. No iban a dejarlo irse, les habían prohibido hacer experimentos en seres humanos. Así que Agnac tuvo que matarlo. Y al llevarse sus ropas, se llevó consigo los papeles.

Al parecer el tratamiento que le había dado tuvo resultados. Morel realmente había encontrado una cura, aunque solo para algunos efectiva. Sin embargo para Agnac era tarde, si bien en él no empeoraría la enfermedad, el daño que su cerebro había sufrido era irreversible.

Desde luego que al recordarlo fue consciente de todo lo que eso significaba. Así que dejó ese hospital para volver al único sitio que tenía. Volvió a su apartamento.

Calmado, o tan solo menos desesperado, dejó las hojas sobre el escritorio. Respiró profundamente. Era un alivio recordar.

Rebuscó entre los archivos. Debía salir nuevamente: Ahora sabía dónde buscarla.

jueves 6 de agosto de 2009

Capitulo 8

“Entonces un brillo le dio esperanza. Pero antes de tomarla perdió la conciencia...”


-Un sueño…- dije para mí y sentí lastima. ¿En qué me había vuelto? ¿Como había sucedido todo esto? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué esta ciudad? Las cosas eran simplemente deprimentes.

¿Y si volviera por ella, la encontraría? ¿Donde la buscaría? De ser necesario Iría casa por casa por ella... ¡Buscaría en el infinito por ella! Y si moría en el intentó, sería por ella. Contra la muerte, contra mis recuerdos, contra esa enfermedad… Así la amaba. Y cada vez que la recordaba mejor, la amaba más. Sus gestos, su voz, sus ojos mirándome tiernamente.

Me pasé meditando mucho tiempo. Trataba en todo momento recordar, se había vuelto una rutina en mi mente. Pero la cotidianeidad perseveró hasta ganar: Lavé mi cuerpo en un riachuelo. Y solo cuando tuve limpió el cuerpo, seguí con mi reflexión para tratar de limpiar mi alma.

Los animales tragaban pasto. No podía evitar verlos acercarse sigilosamente para hacerlo, e intentaba contener la respiración para no asustarlos. Tan calmados, tan inconscientes, ajenos al holocausto que ocurría a su lado. Y verlos masticar esa hierba, y verlos tragársela… ¿Qué nos hacía distintos? Algunos lo comían para purgarse. Y yo, tan infectado, repleto de inmundicia… Así, de pronto me encontré tragándolo. ¿Qué tan malo podía ser? Después de todo también era un animal que necesitaba purgarse.

¿Qué pasaría conmigo si empeoraba?, ¿Me daría cuenta al menos? Si perdía la consciencia, ¿Iría a buscarla? ¿Y si al encontrarla, tratara de comerla? Eso nunca… eso nunca lo haría.
El canto de los grillos fue lo último que aconteció al descanso. Noche fría, húmeda, y un cuerpo insensible a todo eso.

La mañana siguiente rebusque y leí las notas de Morel. Fue desalentador enterarme que una persona infectada con la bacteria normalmente moría después de dos semanas, y que antes de presentarse la enfermedad, incubaba en el sujeto otras dos. Solo me quedó pensar que yo ya estaba infectado cuando desperté en el apartamento. Y tras hacer un par de cálculos, los resultados fueron incluso más desalentadores: en el mejor de los casos me quedaba una semana más de vida.

Morel creía que la vacuna no sería efectiva en todos los casos. Me costaba mucho continuar leyendo sus papeles: Estimaba que solo una de cada cien personas, se curaría. Además, carecía de sentido curar a una persona si su cerebro había sido dañado gravemente, solo empeoraba con el tiempo. Ya era tarde para mí, pero en mis manos estaba una esperanza para otros, se detallaban todos los pormenores. Sentí que debía llevarle las notas al grupo de médicos que estaban trabajando en la enfermedad. Quizás con esto, ellos podrían hacer más efectiva la vacuna.

Ahora tenía dos buenas razones para volver a esa ciudad. Así al menos, tendría algún valor lo que me quedaba de mi vida. Y caminé sin fijarme de la distancia que recorría. Caminé, con la mente en mi destino, durante muchas horas hasta conseguir ver la periferia de la urbe. Adentrado en ella, no había ningún rastro de los militares. Eran las mismas avenidas llenas de cadáveres.

Anduve controlando las ganas frenéticas de carne, alejando los ojos de esas pobres personas. Intentando no percibir el olor nauseabundo. Entonces escuché una voz que me llamaba -Ven, acércate…- por un instante confundí esa voz con alguna treta de mi mente, y al verla descubrí un perro teniendo un festín. –Ayúdame- continuó, pero yo solo veía un muerto. -¿Qué quieres que haga?- le pregunté. –Llévate esto- contestó. El cadáver sostenía un pedazo de carne en su mano. -no gracias. – Dije finalmente después de mirarlo abstraído de la realidad un momento, y me paré. -¡Espera!- gritó. -¿Qué quieres?-. –Sé qué es lo que has venido a buscar. Aliméntate, si no lo haces no podrás encontrarla.- dijo. – ¿Me estas pidiendo que te coma?-. –Solo unos trozos- Aclaró. ¿Mi mente justificaba mi hambre? De todas formas, ¿Qué hacía un muerto con un pedazo de carne en las manos? Al retirarme sentí sus manos: –Pensé que estabas infectado- Me dijo un anciano. Era bueno saber que no estaba loco – ¿Hay más gente sana?- fue lo primero que se me vino a la cabeza. Negó con su cabeza. – ¿Y el ejército?- le pregunté. -¿Ejercito? ¿No te das cuenta que nos han abandonado a nuestra suerte?-. Alcé los ojos al cielo… –Sí. Parece que nos han abandonado- Le dije.

–Desconfía de todos- decía mientras me preparaba a irme. –Van a hacer lo que sea por comerte-. – ¿A qué te refieres?- me detuve un momento. –Las personas infectadas pueden decirte lo que sea para comerte- Advirtió –regresa a tu departamento-. Una sensación horrenda pero familiar me invadió – ¿Como sabes que vivo en un departamento? – Pregunté, pero no había nadie. Tragué de mi propia saliva, en realidad si estaba loco. Me la había pasado conversando con un cadáver.

domingo 19 de julio de 2009

Capitulo 7

“Su corazón se llenó de una profunda tristeza, pero la convirtió en odio. Odio contra su tribu y odio contra su propio Dios. Y Renegó de su propia existencia...”

Espanto. Si tuviera que describirse cómo se sintió Agnac al ver las calles de la ciudad en una palabra, esa sería espanto. Reflejados en sus perceptores, cadáveres desperdigados. Incompletos, desgarrados, descomponiéndose bajo el brillo de la nube y las nubes. Líquidos evaporándose en hedores, subiendo a lo alto, cómo si las almas de los muertos quisieran alcanzar el cielo. Y turba de aves son el único rastro de vida.

Caminó primero, intentando no dar una mirada, pero lo que lo esperaba delante lo hizo vacilar. Luego corrió desesperado, y no pudo escaparse ni siquiera con lo rápido de su paso. Los cadáveres lo esperaban en todo sitio al que llegara: Adelante, atrás, a la derecha, a la izquierda. No importaba donde, sabía que ahí estarían.

Una multitud de voces lo acosaban. Voces funestas, tétricas y de lamento. Confundidas con su propios fantasmas acosándolo en el recuerdo. Y en el momento propicio para rendirse desmayado, tropezó con un cuerpo fresco. Aún se advertía el temprano rojo de la sangre. Una mujer joven lo recibía con los brazos extendidos, y el vientre hinchado pero abierto.

Arrodillado frente al cuerpo. Hurgando las viseras, comenzaron a filtrarse gotas de líquido salino en su rostro. Lamió el cadáver, masticó algunos tejidos blandos. Royó y dejó desnudas las costillas. Apasionadamente. Y acariciaba su piel. Tragaba, se ahogaba en su propio llanto. Así Comió cuanto pudo hasta que sintió era suficiente, y se levantó, y siguió corriendo.

No miro atrás. Nunca lo haría. Temía al rostro de la inerte preñada. Temía a la ausente criatura abortivamente extirpada. El útero inflamado se lo había delatado.

Quizás también se habían comido a su novia. Podía verla victimizada, siéndole arrancado pedazo tras pedazo, protestando de dolor.

Qué clase de ser era ese Agnac, si en el fondo, estaba satisfecho.

Cerró los ojos en busca de paz, pero seguía viendo a los caídos. Esas grotescas imágenes lo acompañarían hasta su muerte. ¿Moriría pronto? Qué objeto tenía correr si la enfermedad terminaba con la vida de los infectados. Cuando huyó de sus pensamientos de vuelta a la realidad, estaba tirado en medio de la pista, alguien le mordía los zapatos. Ofuscado, sin ver, golpeó al aire. Más sangre le salpicó. Había vuelto a matar una persona. Y siguió corriendo. Ya no estaba tan lejos de las planicies.

Cuando encontró movimiento era un grupo devorándose entre ellos: Un padre comiendo a sus hijos, y estos se mordían su propio cuerpo mientras los devoraban. Todos sollozaban, gemían, se revolcaban.

Lo siguiente que supo es que estaba sentado bajo un árbol. A lo lejos una imagen borrosa parecida a la ciudad. Había caminado toda la noche. Ahora estaba seguro, sentía el calor de los rayos del sol en su piel. Un olor a bosque purificaba su alma. Silenció… Tranquilidad. Poco a poco se iba acurrucando. Una sensación totalmente distinta.

Y se durmió. Esa fue la primera vez que no tuvo pesadillas: Pelaba verduras con un extraño cuchillo antes de echarlas a cocer. Mucho vapor escapaba de la cacerola. Preparaba un guiso y todo el cuarto olía a zanahorias. Su novia esperaba ansiosa la comida. –Apúrate Agnac- le decía –Ya quiero probarlo-. Y con esmero le servía un plato. –Come todo lo que quieras- se le escapaba una sonrisa. Reconocía el lugar, era su departamento. Armónica y cuidadosamente decorado. ¿Su departamento? No era suyo. Lo comparaba con él de la realidad. –Vaya desperdició de morada- pensaba, porque sabía que soñaba. Y aunque nada fuese cierto, no quería despertar.

Y siguió soñando durante mucho tiempo. Esas horas pudieron haber sido años. Tantas cosas soñó. Un instante, fue todo un mundo alterno al suyo. Donde no había caos, donde tenía una familia. Y soñó también que moría. Pero una muerte tranquila que lo llenaba de felicidad…

lunes 13 de julio de 2009

Capitulo 6

“Deseaba poder salir. El Hambre lo consumía. Y sin Embargo, él era Hida, el escogido por el dios del sol... Hida, el impío, el alejado de la gracia divina y condenado a una infinita existencia...”


Un hedor nauseabundo recorría la oscuridad de ese cuarto sin límites visibles. Algo debía de estar descomponiéndose debajo, y yo en mi sueño, deseaba que eso fuese carne humana.

Asfixiado, desperté en busca de aire. Inhalé cuanto pude, y solo llené mis pulmones de suciedad. Algo muerto se escondía bajo la cama.

No tenía coraje, sabía que de echar una mirada encontraría algo espantoso. Así fue que no miré. No por falta de curiosidad, por miedo.

Después una voz me llamó: -Ven a mi Agnac. Volvámonos uno- Y supe que había perdido la razón.

La busqué con intriga. Asomé las orejas a las paredes. Solo escuché gente chillando, como si estuviese siendo devorada. Cuando continué buscando indiferente, fui consciente de la corrupción que opacaba mi alma: Esas personas muriéndose y no me importaba. Yo buscaba una voz. Una cosa irreal. Imaginaría… ¡Ficticia! Mientras al lado eventos macabros acontecían.

Eso sí. Intuí que este departamento ya no era un lugar seguro. Y que algunas de las cosas extrañas que habían estado ocurriendo, tenían explicación. Las lagunas, las cosas ilógicas e inexplicables, esas eran cosas que no podía darme el lujo, de esclarecer ahora. Prefería morir devorado a morir encerrado.

En un bolso llené cuanto pensé me haría falta. Revolví aún más ese caos para hacerme con algo que sirviera como arma: Un martillo. Guardé los manuscritos, ya habría ocasión de leerlos. Y cerré las ventanas.

Pero antes de salir algo me detuvo. Esa extraña presencia continuaba con su seducción, Fluyendo desde debajo de la cama.

Revelaría el misterio. Tras Levantar las sabanas para ver, Pequeñas larvas comenzaron a trepar hacía mi palma herida. Eso fue suficiente. Fuese lo que fuese que estaba ahí tirado, era mejor no verlo.

Entonces la voz volvió a llamarme –Acércate…, seamos uno solo.- Venía desde el televisor. No era real. Me negaba a que lo fuera, ese era yo…

En el espejo del cuarto de baño, Incluso con la oscuridad, alcancé a ver mis facciones. ¿Hacía cuanto que no me miraba? Ya no era ese hombre joven llamado Agnac, cuyo recuerdo tenía en la mente. Me había convertido en un ser desagradable. Una figura espectral, siniestra, extremadamente pálida y delgada.

Al verme tan diferente, la recordé completamente. Y tenía la esperanza de que así como la recordaba siguiera. Ella era mi novia, seguramente estaba preocupada. Sentía que necesitaba verla.

En solo instantes, la señal del cubo de luz mágico espantó mis recuerdos: - …stff… stff… de salud. La situación se ha salido de control. Se les ruega que no abandonen sus hogares… stff… stff…es muy peligroso. La última evacuación de emergencia se realizara a las 15 horas del día de mañana. A las 17 horas se realizara la intervención del ejército... Repito, este es un comunicado de urgencia del ministerio de salud…-

En ese caos que se me planteaba solo pensaba en ella. ¿Cómo así la había olvidado? La advertencia anterior solo me determinó. Iría a buscarla. No recordaba donde vivía, ni como se llamaba, pero la rescataría porque sabía que ella estaba ahí afuera desprotegida, y quizás muy asustada.

Los impactos del martillo hicieron vibrar la puerta. Golpeaba con rabia, con las pocas fuerzas que me quedaban, las bisagras para desmarcarla y también el cerrojo, hasta que conseguí tirarla. La luz de la horrenda libertad entraba por fin al apartamento, y solo con ella, y solo con esa perspectiva, supe de la real magnitud del desastre en el que vivía.

Me atraía el desdén impregnado de temor, me recorría la cabeza una y otra vez una voz temerosa, mi propia voz, entrecortada, suplicando no salir. Estaba mucho más débil. Lo fuerte de mis latidos delataba lo asustado que estaba. Y voltear la mirada, algo que se movía entre la negrura terminó empujándome a dejar el lugar.

Los chillidos de las personas eran estrepitosos. Especialmente los que venían de la puerta de al lado. –De ningún modo – Pensé. No me expondría a un riesgo innecesario.

Fluidos esparcidos en el suelo frente al del ascensor me hicieron vacilar. Las escaleras de emergencia se perfilaban como mi mejor opción. Y opté. Bajé, siempre con el martillo en la mano. Los aires que corrían a velocidad en los ductos de las gradas, transportaban un olor impregnado a cloro. ¿Cuántas cosas habían podido suceder? ¿Cómo? Y yo sin siquiera percibirlo. ¿Qué pasa en el mundo cuando uno cierra los ojos? ¿Será el mismo cuando vuelva a abrirlos? Mis ojos, aún estaban cerrados.

En el primer nivel un hombre moribundo agonizaba obstruyendo la salida. Se esforzaba en levantar su brazo y pedir ayuda. Me miraba con ojos húmedos.

Me acerqué para asistirlo, y cuando me tuvo cerca mordió mi pierna, y se llevó consigo un pedazo de tela. Me sujetaba con sus manos. -¡Suéltame!- Le gritaba al infectado mientras trataba de zafarme. Susurraba algo llorando, y persistía en su afán de morderme. Con un descuido Logró arrancarme un poco de carne y se lo tragó con prisa casi asfixiándose. Fue ahí que le partí la cabeza con el martillo.

Horrorizado, podía sentir el martillo en mi propio cráneo. Su sangre salpicó, y la tenía toda esparcida en la ropa. Un charco se formaba con la que todavía manaba. Y al verla, y sentir lo tibia que aún estaba, me sentía un asesino. Mezclado con un temor personal, infectarme.

Las luces de la ciudad esperaban titilando tras la puerta. ¿Una epidemia? ¿Caníbales? ¿Qué sería de ella? ¿Qué sería de mí? ¿Alguien me daría respuestas?

Entonces salí. Se respiraba otro aire. Más frio. Más húmedo. Más indiferente.

Capitulo 5

“(Ilegible) Y el cielo se puso de color rojo…”


La lluvia humedeció la ciudad. Las gotas cayendo sobre las copas de los arboles lo hacían recordar su infancia. Una brisa helada refrescaba la habitación. Un charco se formaba en su mente… y eso lo calmaba. Afuera atardecía.


Había sido una semana larga y extraña. Pero su memoria no podía remontarse más allá. Una nube opaca era su pasado reciente: un perfecto misterio. Pero sabía que su nombre era Agnac, aunque lo recordaba con esfuerzo, y nada más sobre él. Sin embargo recordaba claramente el sonido pluvial, el olor a tierra mojada que se filtraba, y los relámpagos: vivió en las planicies de niño. Nunca olvidaría los pastos mojados, aunque ahora le parecía un recuerdo lejano.


La tranquilidad la interrumpió él mismo, su cerebro maquinaba pensamientos grotescos: Los hombres se comían unos a otros. Y cuando estaban moribundos, se comían a sí mismos.


Lo aterraba la epidemia. Temía que se lo comieran vivo. Y sobre todo, temía comerse a sí mismo.


Tenía muchos de los síntomas que había memorizado. Y al final, la bacteria terminaba por corroer el cerebro. Un escenario, desalentador y triste, de muerte súbita.


Y mientras miraba su herida, con frialdad, las voces de un reportaje médico le sonaron reconfortantes:


-… una cura? Ha sido una de las interrogantes clave todo este tiempo. Y primeramente se descartó cualquier posible respuesta. Pero parece que por vez primera, se perfila un posible remedio. Antes de morir, el renombrado científico Morel dejó en uno de los bancos de vacunas del hospital central, una cura experimental. Algunas personas del medio afirman que dicha vacuna fue probada en personas infectadas a pesar de que, al equipo de Morel, nunca se le concedió el permiso para hacerlo. No obstante no se ha dado con el paradero exacto de dicho suero. Y hasta se teme que éste ya estuviese perdido. Pero la información del registro se ha conservado.


Hoy en la mañana se ha hecho oficial la investigación a estos datos, que realizara un grupo internacional de científicos, investigadores y médicos. El ministerio de salud ha dado todas las facilidades al grupo, y se los ha instalado en uno de los niveles del hospital central. Se espera que dentro de dos semanas ya estuviesen listos los resultados preliminares.


Por otra parte, algo que ha dado mucho que hablar es el rumor de que el doctor Morel habría dejado alguna receta de la vacuna entre sus notas personales. Y aunque estas están perdidas desde hace mucho, se ha asignado a una unidad de peritos para buscarlas en su oficina y en su casa…-


Agnac, apretó con fuerza los dientes y se abalanzo al piso en busca de una caja. Una vez ubicada, sacó de ella un montón de papeles y los acercó al televisor para examinarlos: Manuscritos. Firmados por Gustav Morel en distintas fechas. Y al comprender comenzó a preguntarse cómo los había conseguido. ¿Eran estos los mismos? ¿El rumor sobre ellos seria cierto? Y también, ¿Qué fecha era hoy? Esta última lo perturbó mucho más que las otras. Después de tanto, volvía a él la noción del tiempo y le preocupaba cuanto había trascurrido. Tras mirar la habitación y desconocerla, tuvo certeza que mucho.


Pero antes de esclarecer su mente, prefirió continuar con la transmisión:


-…su muerte, deja un gran legado a la ciencia médica. Y aunque resulta irónico, el ministerio de salud ha optado por bautizar con su nombre a la enfermedad. “La enfermedad de Morel”. En honor a su descubrimiento y, a los tatos años de estudio que le dedicó. -


-Años…- Esa palabra retumbó en su mente. –Años…- dijo susurrando para sí mismo. Y volvió la imagen de ella. Esta vez retendría un poco más aquella memoria. –Han pasado dos años y no he vuelto a verla.- dijo o creyó decirse, aceptando su real existencia. Pero aún así, ¿Quién era ella?

La lluvia cesó, el cielo se despejaba, y ya podían verse las primeras estrellas en el cielo. Deslumbrado, alzó la mirada para verlas. Tenía un inexplicable vacio en el alma.

Capitulo 4

“Durante días en la oscuridad, escuchó los ruidos y voces del mundo de afuera. Una infinita soledad le invadía el alma. Y se Acurrucó en un rincón...”


-Agnac… Agnac- Así me decía ella… paraba un momento, y me acariciaba la cabeza. –Agnac… Agnac- Dulce y pausadamente, echado en su regazo. Y me gustaba oírlo. –Agnac… Agnac. Te amo Agnac…- Me hacía sentir bien…

Entonces tuve que sacudir fuertemente la cabeza para despertar.

Ese instante. Esa centésima de segundo antes de abrir los ojos, creí estar con ella. Pero aún estaba aquí, en este horrendo cuarto. Ella… una alucinación familiar. Y sin embargo ¿Quién era ella?

El televisor parecía sintonizar unas voces. Cosa inasequible, entenderlas. Entonces miré la fuente de interferencia, algunas imágenes difusas. Mostraba a un hombre muerto. Lo encontraron recostado en su cama. Al parecer había estado encerrado durante mucho tiempo en su apartamento.

Tuve que gritar para resucitar, me estaba adormeciendo. Nada más que interferencia en la caja. Lo demás era una pesadilla.

La radiación se estaba reflejando a mi lado, algo brillaba. Era un plato de porcelanato sucio. En él había unos trozos de carne cocida, torpemente servidos. ¿Alguien me estaba alimentando?
Me atiborré de esa carne. De mal sabor y dura, pero no había comido en días.

Un golpe repentino en la ventana me devolvió por fin a la realidad. Tenía mi mano en la boca, con la herida abierta, ensangrentada. Sin algunos pedazos de carne.

Ya sentía el malestar por el esófago. Me precipité a la ventana - unas aves alzaron vuelo ahuyentadas.- y lo vomité todo.

Apresurado, tomé el único un trapo a la vista, y lo amarré con fuerza para detener la sangradura. Y comenzó mi martirio. ¿Qué me estaba pasando?

Saqué la cabeza. Y solo entonces me di cuenta de lo viciado que estaba el aire dentro. Al contemplar la calle de abajo, me tentaba la idea de tirarme. Entonces las voces del televisor se hicieron entendibles:

-…Postura ahora, mayoritariamente respaldada. Su muerte deja muchas interrogantes sobre la epidemia. Stff… stff… (Interferencia)… policía halló su cuerpo en su oficina. Las primeras investigaciones sugieren que stff… stff… arrancó los pedazos de carne que faltan en su cuerpo. Stff… stff… -

Las voces continuaron incomprensibles.

Todo eso, me hizo recordar algo, quizás un sueño. He soñado muchas cosas raras últimamente.

Capitulo 3

“En vida nunca consiguió salir del mausoleo…”


Al forzar la cerradura descubrió que también había un candado que mantenía firme la aldaba. Retrocedió asustado y se sentó en el piso tratando de recordar.
Estiró las piernas para echarse al sentirse inútil. Miró el techo: Manchas amorfas por doquier, también en las paredes. La oscuridad había hecho un buen trabajo al esconderlas.
En su cuarto, también estaban, pero ahora, con ayuda del espectro que fluía por la habitación, pudo notar lo rojiza naturaleza de estas. Miró sus manos, estaban sucias. ¿Acaso el había hecho eso?

Y mientras la misma sensación de angustia que lo había acosado durante toda la noche, comenzaba a poseerlo, corrió hacia la puerta. Tropezó con todas las cosas caóticamente tiradas en el piso. No le importó el dolor, estaba en pánico. Golpeó desesperado. Pidió auxilio. Sintió que de seguir gritando sangraría su garganta. Entonces se alejó con pasos cortos, sin voltear. Lo asustaba lo que pudiera estar esperándolo detrás de él. Se quedó parado e inmóvil, conteniendo la respiración. Solo entonces escuchó los ruidos que venían del otro lado. Como pisadas de zapatos, exageradamente arrítmicas, y parecían acercarse. Cada vez más fuertes.
Cesaron. Entonces oyó como manipulaban el cerrojo. -¿Hola?... – Preguntó. -¡Auxilio, estoy encerrado! – Agregó desesperado. Comenzaron a golpear fuertemente la puerta. A sacudirla. -¡Basta! – gritaba asustado Agnac. – ¡Basta! -. Pareció sumarse alguien más. Ambos sacudían la inmensa plancha de madera.

En la cocina, tomó un cuchillo. Un leve destello luminoso oscilante expedía, incluso en la negrura de la habitación, su mano temblaba. -¡Váyanse!- decía. -¡Váyanse o los mato!
Buscó desesperado el interruptor de la luz. Sintió algo líquido en la mano, las manchas eran frescas. Continuó, y cuando le pareció tenerlo cerca, trató de accionarlo y fue sacudido por la electricidad, cayendo al piso.

La descarga lo dejó casi inconsciente. Su mano aún temblaba, y apretaba con fuerza la hoja del cuchillo. Cortaba con facilidad la carné, y penetraba hasta los huesos.
-Mi corazón va a estallar… – Le decía una imagen borrosa, aunque más definida que la última vez. –Mi corazón va a estallar…- susurrándole al oído. Y trató de verla directamente al rostro: Hilos de sangre emanaban de su boca.

El dolor lo despertó esta vez. Y pudo ver la gigantesca herida que tenía en la mano.
El día había invadido el apartamento. Ya nadie golpeaba del otro lado. Las manchas estaban secas y hoscas. Se puso de pie, se acercó a la ventana. Asomado vio el mismo desconcertante panorama. Sin embargo, le pareció ver una figura humana caminando lentamente entre los árboles. Solo parpadeó, y ya no había nada.

Caminó hasta el cuarto de baño. Abrió el grifo, y con agobio trató de calmar su sed. El marco de la entrada de la habitación de al lado brillaban. Seducido, miró la televisión: La misma señal de interferencia. Una fuerza extraña lo llevó a su cama.

jueves 9 de julio de 2009

Capitulo 2

“Moribundo tuvo una revelación: Aferrándose a su vida, Hida devoró el cuerpo de Quari. Y cuando hubo llevado a su boca el último pedazo de carne, quedó infectado de un hambre insaciable de carne humana…”



Algo se movía debajo de la cama. No tardé en darme cuenta. Y grité – Quienquiera que seas, ¡Sal inmediatamente! – Pero solo conseguí que dejara de moverse. -¿Cómo has entrado?- agregué, y no volví a sentir movimiento alguno, un escalofrío me recorrió la espalda. Llevé mi cabeza al extremo y levanté la sábana: Un insecto gigante me miró con sus enormes ojos. Como sacado de otro mundo. Se veía tan real. Entonces, volvió la señal del televisor. Dos hombres discutirán:


-Este es el fin del mundo.
-¿Y por qué lo dice?
-Solo un ciego no se daría cuenta.
-¿De qué? Hable basándose en algo. No lance meras suposiciones. Al menos no en este programa. -¿Quiere que le diga?
-Por supuesto. Adelante.
-Eso que está volviendo caníbal a la gente. ¡Es una bacteria!
-¿Sabe que disparate está diciendo?
-No es ningún disparate. Yo lo he visto. He analizado muestras.
-Discúlpeme, pero lo que menos quiere la gente, es que se la asuste con historias fantásticas.
-¿Fantasía? No sea ingenuo. Necesitamos medidas, una cuarentena a todo aquel que presente los síntomas.
- Bueno señores. Ha sido un gusto tener al Doctor Morel como invitado de nuestro programa.
-¡No espere! No me tome de idiota. Esto es algo serio…
-Ha sido el doctor Morel. Buenas noches.

¿Bacterias? ¿Canibalismo? Vaya mundo – Pensé. Entonces, una sensación horrenda se apoderó de mí. ¿Y si fuese cierto? De todas formas aquí dentro estaba más seguro, pero tenía que verlo…


Sentí adormecido mi cuerpo al pararme. Era un pedazo de carne torpe, no lograba controlar del todo mis movimientos. Y mientras me ayudaba con las manos, un tragaluz me mostró un poco de mi famélica figura.


Quizás en eso había debido mi encierro. Parecía estar desnutrido y débil. Incluso estaba sediento, y temía que los grifos no funcionaran. Y mi piel, pálida, quizás hacía meses que no veía la luz del luz. ¿Una falta de vitamina d? Quizás por eso me sentía tan deprimido estos días. Pero al tratar de recordarlo, solo podía remontarme hasta hacía unas noches. Despertando en la soledad de la madrugada.


… cuando alcancé la puerta, y traté de abrirla, estaba con llave. Me quedé palpando con las manos, tratando de encontrar que no andaba bien. ¿Acaso había intentado salir antes?

domingo 5 de julio de 2009

Capitulo 1

“El dios del sol escogió a Hida[1] para acabar con el mal que se había apoderado del jefe de las tribus. Encerrados en un mausoleo, lucharon, y la daga de Hida alcanzó el cuello de Quar[2]i. Al verlo morir, comprendió que el también moriría. Entonces se sentó y espero su muerte.”



-¡Despierta! ¡Despierta! Mi corazón va a estallar – El hombre de su sueño no dejaba de repetirlo. Y justo antes de que su corazón reventara, Agnac[3] despertó, solo para ser acosado por la horrenda realidad en la que estaba viviendo.

La radiación que emanaba del televisor era la única fuente de luz en la oscuridad: Colores, gamas de grises, Imágenes muy familiares... Cómo si el tiempo se hubiese ralentizado y su vida pasara frente a sus ojos en esa caja.

Pero sus ojos la esquivaban. Estaban perdidos, daban vueltas. Miraban a todo sitio de esa diminuta habitación.

Ventanas abiertas, y cortinas cerradas. Los ruidos del mundo exterior filtrándose en esa profunda soledad. Chillidos, voces, pasos, el viento… nada más atemorizante que el sonido del viento.

Una sensación de hambre continua casi imperceptible por su estado de ebriedad. Figuras merodeando en su cabeza, borrosas, apareciendo y desapareciendo con cada latido.
A eso despertó Agnac: una noche más encerrado en su apartamento. Tan ebrio y tan asustado…
Volvió a dormir, para alejarse de todo, pero unos golpecitos en la pared lo despertaron. Parecían las manos de un niño. No le tomó atención hasta que pasaron unos minutos y seguían persistiendo. Cada golpecito aceleraba su circulación. Los sentía en el pecho, y lo iban ahogando. Y de pronto, escuchó otro más, y otros. En toda la habitación, de todo lugar.

Se levantó. Corrió a la ventana. Y miró afuera: Estaba calmado. Los rayos del sol comenzaban a alumbrar algunos edificios. Un panorama desértico. Ni un solo ser o señal de él. Ahí donde acaba la ciudad, solo los arboles meciéndose con el viento, y una infinita planicie donde se pierden las miradas.

Una sensación anómala, el principio del pánico. Pero la tranquilidad de la luz le hizo olvidarse, y cogió una botella. Quizás recordó, por un instante, por qué estaba viviendo así -Tomó todo el contenido. El licor le causo ardor en la garganta, se sentó en un rincón esperando el efecto etílico.- ahora, ya lo había vuelto a olvidar.



[1] “Hida” pronunciado como /i/-/d/-/a/, con la h muda. [ída]
[2] “Quari” pronunciado como /k/-/a/-/r/-/i/ [Kári]
[3] “Agnag” pronunciado como /a/-/g/-/n/-/a/-/g/, no tomando la “gn” como “ñ” [ágnac]

Prólogo

“La Antropófaga Leyenda del Héroe llamado Hida[1]… (Ilegible)…”

Abrió los ojos, las sabanas estaban empapadas. Un rostro desfigurado lo miraba desde la otra almohada. Sintió como si algo fuese a cortarle el cuello y tuvo miedo. No podía creer que se había comido a su enamorada.

Trago un sorbo de su propia saliva, sintió un ligero sabor a sangre. Pedazos de carne estaban atrapados entre sus dientes.

Corrió a la ventana, nada le impidió saltar: En su mente solo había asco. Sus órganos reventaron tras el impacto y comenzó a escurrir.

Una multitud trato de ayudarlo. Lo recostaron e intentaron cortar las hemorragias. Pero cuando dejaron de escuchar latidos, resignados, se fueron yendo uno a uno… con sus ropas manchadas de su sangre, cada cual por su lado.

Se llevaron el cuerpo, pero quedó un charco que nunca fue limpiado.

Todo esto planteó un escenario. Quizás, de no haber saltado, nada estaría ocurriendo.



[1] “Hida” pronunciado como /i/-/d/-/a/, con la h muda. [ída]

sábado 13 de junio de 2009

Presentación

Presentación

“Hida” o “La antropófaga leyenda de Hida” Nos narra la caótica y macabra vida de Agnac, durante la epidemia que acabará con la humanidad, y su extraña conexión con una leyenda antigua. Así como su lucha interna en busca de las memorias de su pasado reciente.

Una novela corta que mezcla elementos propios del lenguaje de los cuentos modernos. Sencilla, y con una gran gama de posibles interpretaciones. Sin duda, algo que no se puede dejar de leer.