“Deseaba poder salir. El Hambre lo consumía. Y sin Embargo, él era Hida, el escogido por el dios del sol... Hida, el impío, el alejado de la gracia divina y condenado a una infinita existencia...”
Un hedor nauseabundo recorría la oscuridad de ese cuarto sin límites visibles. Algo debía de estar descomponiéndose debajo, y yo en mi sueño, deseaba que eso fuese carne humana.
Asfixiado, desperté en busca de aire. Inhalé cuanto pude, y solo llené mis pulmones de suciedad. Algo muerto se escondía bajo la cama.
No tenía coraje, sabía que de echar una mirada encontraría algo espantoso. Así fue que no miré. No por falta de curiosidad, por miedo.
Después una voz me llamó: -Ven a mi Agnac. Volvámonos uno- Y supe que había perdido la razón.
La busqué con intriga. Asomé las orejas a las paredes. Solo escuché gente chillando, como si estuviese siendo devorada. Cuando continué buscando indiferente, fui consciente de la corrupción que opacaba mi alma: Esas personas muriéndose y no me importaba. Yo buscaba una voz. Una cosa irreal. Imaginaría… ¡Ficticia! Mientras al lado eventos macabros acontecían.
Eso sí. Intuí que este departamento ya no era un lugar seguro. Y que algunas de las cosas extrañas que habían estado ocurriendo, tenían explicación. Las lagunas, las cosas ilógicas e inexplicables, esas eran cosas que no podía darme el lujo, de esclarecer ahora. Prefería morir devorado a morir encerrado.
En un bolso llené cuanto pensé me haría falta. Revolví aún más ese caos para hacerme con algo que sirviera como arma: Un martillo. Guardé los manuscritos, ya habría ocasión de leerlos. Y cerré las ventanas.
Pero antes de salir algo me detuvo. Esa extraña presencia continuaba con su seducción, Fluyendo desde debajo de la cama.
Revelaría el misterio. Tras Levantar las sabanas para ver, Pequeñas larvas comenzaron a trepar hacía mi palma herida. Eso fue suficiente. Fuese lo que fuese que estaba ahí tirado, era mejor no verlo.
Entonces la voz volvió a llamarme –Acércate…, seamos uno solo.- Venía desde el televisor. No era real. Me negaba a que lo fuera, ese era yo…
En el espejo del cuarto de baño, Incluso con la oscuridad, alcancé a ver mis facciones. ¿Hacía cuanto que no me miraba? Ya no era ese hombre joven llamado Agnac, cuyo recuerdo tenía en la mente. Me había convertido en un ser desagradable. Una figura espectral, siniestra, extremadamente pálida y delgada.
Al verme tan diferente, la recordé completamente. Y tenía la esperanza de que así como la recordaba siguiera. Ella era mi novia, seguramente estaba preocupada. Sentía que necesitaba verla.
En solo instantes, la señal del cubo de luz mágico espantó mis recuerdos: - …stff… stff… de salud. La situación se ha salido de control. Se les ruega que no abandonen sus hogares… stff… stff…es muy peligroso. La última evacuación de emergencia se realizara a las 15 horas del día de mañana. A las 17 horas se realizara la intervención del ejército... Repito, este es un comunicado de urgencia del ministerio de salud…-
En ese caos que se me planteaba solo pensaba en ella. ¿Cómo así la había olvidado? La advertencia anterior solo me determinó. Iría a buscarla. No recordaba donde vivía, ni como se llamaba, pero la rescataría porque sabía que ella estaba ahí afuera desprotegida, y quizás muy asustada.
Los impactos del martillo hicieron vibrar la puerta. Golpeaba con rabia, con las pocas fuerzas que me quedaban, las bisagras para desmarcarla y también el cerrojo, hasta que conseguí tirarla. La luz de la horrenda libertad entraba por fin al apartamento, y solo con ella, y solo con esa perspectiva, supe de la real magnitud del desastre en el que vivía.
Me atraía el desdén impregnado de temor, me recorría la cabeza una y otra vez una voz temerosa, mi propia voz, entrecortada, suplicando no salir. Estaba mucho más débil. Lo fuerte de mis latidos delataba lo asustado que estaba. Y voltear la mirada, algo que se movía entre la negrura terminó empujándome a dejar el lugar.
Los chillidos de las personas eran estrepitosos. Especialmente los que venían de la puerta de al lado. –De ningún modo – Pensé. No me expondría a un riesgo innecesario.
Fluidos esparcidos en el suelo frente al del ascensor me hicieron vacilar. Las escaleras de emergencia se perfilaban como mi mejor opción. Y opté. Bajé, siempre con el martillo en la mano. Los aires que corrían a velocidad en los ductos de las gradas, transportaban un olor impregnado a cloro. ¿Cuántas cosas habían podido suceder? ¿Cómo? Y yo sin siquiera percibirlo. ¿Qué pasa en el mundo cuando uno cierra los ojos? ¿Será el mismo cuando vuelva a abrirlos? Mis ojos, aún estaban cerrados.
En el primer nivel un hombre moribundo agonizaba obstruyendo la salida. Se esforzaba en levantar su brazo y pedir ayuda. Me miraba con ojos húmedos.
Me acerqué para asistirlo, y cuando me tuvo cerca mordió mi pierna, y se llevó consigo un pedazo de tela. Me sujetaba con sus manos. -¡Suéltame!- Le gritaba al infectado mientras trataba de zafarme. Susurraba algo llorando, y persistía en su afán de morderme. Con un descuido Logró arrancarme un poco de carne y se lo tragó con prisa casi asfixiándose. Fue ahí que le partí la cabeza con el martillo.
Horrorizado, podía sentir el martillo en mi propio cráneo. Su sangre salpicó, y la tenía toda esparcida en la ropa. Un charco se formaba con la que todavía manaba. Y al verla, y sentir lo tibia que aún estaba, me sentía un asesino. Mezclado con un temor personal, infectarme.
Las luces de la ciudad esperaban titilando tras la puerta. ¿Una epidemia? ¿Caníbales? ¿Qué sería de ella? ¿Qué sería de mí? ¿Alguien me daría respuestas?
Entonces salí. Se respiraba otro aire. Más frio. Más húmedo. Más indiferente.